Crealogar el Encuentro: Juego, Resonancia y Trascendencia en el Amor
CREALOGAR
Cursos, consultoría, artículos, técnicas y Herramientas de Creatividad e Innovación | Carlos Churba
Crealogar el Encuentro: Juego, Resonancia y Trascendencia en el Amor
Crealogar el Encuentro: Juego, Resonancia y Trascendencia en el Amor
El arte de perderse
El arte de perderse
Lic. Carlos Churba
Feliz Año Nuevo 2026
Saludo de Año Nuevo 2026
El gesto creador
El gesto creador
Lic. Carlos Churba
Poetizar la vida: Un manifiesto por la reconexión
Poetizar la vida: Un manifiesto por la reconexión
Lic. Carlos Churba
Poetizar la vida es mucho más que adornarla con metáforas o evadir sus asperezas. No es negación del dolor ni suavización de la herida; tampoco es convertir la existencia en una postal idílica y artificial. Poetizar es, en esencia, una profunda reconfiguración de nuestra relación con lo real.
La poesía, en su sentido más primordial y hondo, trasciende el ámbito literario para manifestarse como una actitud vital, una disposición existencial. Es la voluntad de permitir que el mundo nos impacte, nos moldee y nos atraviese antes de que intentemos clasificarlo, explicarlo o dominarlo.
Poetizar es afinar los sentidos para escuchar el denso murmullo de lo cotidiano. Es percibir que incluso en lo más simple —un gesto fugaz, una palabra apenas susurrada, una despedida silente, un instante de quietud— reside una profundidad que excede su función aparente. Cada elemento contiene una resonancia, un eco que nuestra prisa y superficialidad suelen pasar por alto.
La vorágine de la vida moderna nos empuja a una experiencia aplanada. Todo debe tener un propósito utilitario, todo debe producir, todo debe justificarse bajo la lógica de la eficiencia. En este movimiento constante hacia lo práctico, se desvanece la profundidad, se anula la contemplación.
Por ello, poetizar la vida emerge como un acto de resistencia radical. Resistencia a la reducción de la experiencia a lo meramente funcional. Resistencia a la prisa que nos impide detenernos y sentir. Resistencia a la lógica del descarte que nos incita a desechar aquello que no produce un beneficio inmediato.
No se trata de añadir algo a nuestra vida, de cargarla con más elementos. Por el contrario, poetizar es un ejercicio de despojamiento: quitar los velos de la costumbre, arrancar los automatismos que nos ciegan, disolver las anestesias que nos impiden sentir plenamente y desechar las respuestas prefabricadas que nos impiden pensar genuinamente.
Cuando poetizamos, el mundo deja de ser un mero escenario pasivo para convertirse en un interlocutor vibrante. Nos habla a través de signos mínimos y sutiles: una luz que se filtra de una manera inesperada, un recuerdo que irrumpe sin previo aviso, una frase que resuena en nuestro interior mucho más allá de su enunciado literal.
Poetizar la vida es permitir que esos signos nos transformen, sin apropiárnoslos de inmediato, sin traducirlos instantáneamente a la utilidad. Es la capacidad de permanecer con ellos, de habitarlos en un espacio de pura receptividad. Aquí, la creatividad ya no se enfoca en el objeto producido, sino en el sentido que emana de la forma en que vivimos: cómo atravesamos el tiempo, cómo habitamos los vínculos con los otros, cómo construimos nuestra propia narrativa existencial.
Poetizar la vida no elimina la gravedad inherente a la existencia, pero la vuelve habitable. No borra el dolor, pero le confiere una forma, un contorno que permite su integración. No niega la finitud, pero la inscribe en una trama de sentido más vasta, trascendiendo la mera ausencia.
En este punto, crear ya no es producir algo completamente nuevo, sino responder de un modo diferente a lo que nos sucede. Es una respuesta plena de conciencia, de cuidado, de presencia absoluta.
Toda vida, sin excepción, puede ser poetizada. No importan la edad, la disciplina profesional o el reconocimiento externo. Lo que importa es la disponibilidad interior, la apertura del espíritu a la maravilla y al asombro.
Poetizar la vida es, en última instancia, un modo profundo de cuidar el mundo. Quien poetiza no violenta su entorno, no arrasa con sus recursos, no consume sin antes escuchar.
Aquí el camino se aproxima, lentamente, a otra palabra clave: descrear. No como negación de lo creado, sino como un cuidado meticuloso de sus efectos. Es asumir la responsabilidad consciente por aquello que introducimos en el mundo, por las huellas que dejamos.
Poetizar la vida prepara el terreno para este discernimiento. Afina la escucha, vuelve sensible la percepción y nos deja listos para abordar una pregunta aún más exigente: ¿qué hacemos con lo que ya ha sido creado?
Creatividad, Misterio y Enigma: El Habitar del Creador
Creatividad, Misterio y Enigma: El Habitar del Creador
Lic. Carlos Churba
La Anomalía del Acto Creador
Hay algo en la creatividad que se resiste tenazmente a la
captura. A pesar de los esfuerzos de la neurociencia, la psicología cognitiva o
la teoría del diseño por cartografiar sus fronteras, el núcleo del acto creador
permanece como una anomalía. Podemos, ciertamente, describir procesos, nombrar
fases —del "insight" a la "elaboración"— y analizar las
condiciones materiales que favorecen el hallazgo. Y, sin embargo, cuando algo
verdaderamente creador acontece, siempre queda un resto. Un excedente de
sentido que se desborda. Algo que no termina de explicarse por la suma de sus
partes.
El Intento de Domesticación
Durante mucho tiempo, la cultura moderna intentó domesticar
la creatividad. En el altar del rendimiento, se buscó hacerla previsible,
eficiente y, sobre todo, productiva. Se intentó convertir el fuego de Prometeo
en una técnica de oficina, en un conjunto de herramientas de
"brainstorming" orientadas a resultados medibles. Pero la creatividad
auténtica es una fuerza indómita: no obedece del todo. Aparece cuando quiere,
se retira cuando se la acosa, e irrumpe con violencia donde no se la espera. Su
naturaleza guarda más afinidad con el misterio que con el control.
Problema vs. Enigma
Conviene entonces detenernos en una distinción sutil pero
decisiva, heredada de pensadores como Gabriel Marcel: no es lo mismo un
problema que un enigma.
El problema se resuelve. Se sitúa frente a nosotros como una
piedra en el camino que debe ser removida o fragmentada. El problema exige
rapidez, cálculo y una solución que, una vez hallada, lo anula como tal.
El enigma se habita. El enigma no es algo que esté
"fuera" esperando una respuesta; es una atmósfera en la que nos
sumergimos. No se trata de "solucionar" el enigma, sino de aprender a
convivir con él. El enigma pide demora, paciencia y una mirada larga.
La creatividad, en su núcleo más hondo, no trabaja con
problemas. Trabaja con enigmas. Se ocupa de aquello que no puede cerrarse sin
empobrecerse; de preguntas que no buscan una respuesta inmediata que las
clausure, sino la transformación del propio sujeto que pregunta.
La Ética del Respeto ante el Misterio
El misterio no debe entenderse como lo oculto por mera
ignorancia, como un dato que aún no hemos descubierto. El misterio es lo que se
resiste a ser agotado por el concepto. Es lo que, aun cuando se manifiesta y se
entrega, no se deja poseer del todo. Por eso el misterio no se conquista ni se
coloniza: se respeta.
Cuando la creatividad pierde su vínculo con el misterio, se
degrada en mera repetición o en "innovación" vacía. Produce sin
novedad interior, multiplica formas que brillan pero no iluminan. Puede ser
eficaz, incluso brillante, pero ya no transforma el mundo ni al creador. Se
vuelve una gimnasia de la inteligencia, pero pierde su alma.
El Creador como Escucha
En cambio, cuando la creatividad se mantiene en una relación
viva con el enigma, ocurre una inversión jerárquica: el creador ya no se coloca
por encima de lo creado como un arquitecto todopoderoso. Se coloca en relación
de escucha.
Crear, en este sentido, es:
Tolera la incertidumbre: Soportar la angustia de no entender
todavía lo que se está gestando.
Aceptar la expropiación: Reconocer que uno no es el dueño
absoluto del proceso, sino un mediador, un canal o un testigo.
La lentitud como resistencia: Recuperar el tiempo
cualitativo. El tiempo del misterio no es cronológico (chronos); es el tiempo
de la oportunidad y la maduración (kairos). No responde al apuro del
rendimiento ni al tic-tac del mercado.
Conclusión: El Tiempo de Gestación
El acto creativo reclama un tiempo de gestación que la
modernidad desprecia. Es un silencio activo donde el enigma trabaja en
nosotros. En última instancia, crear no es resolver un acertijo del intelecto,
sino permitir que el misterio nos hable, aceptando que, al final del proceso,
seguiremos sin saber del todo cómo es que esa luz ha llegado hasta nosotros.
El Crealogar Activo frente al Mimetismo Inconsciente
El Crealogar
Activo frente al Mimetismo Inconsciente
Lic. Carlos
Churba
En esta texto establezco una distinción entre la pasividad de la absorción (Mimetismo Inconsciente) y la conciencia de la creación (Crealogar Auténtico), vinculando este último con la resonancia existencial (Hartmut Rosa), la postura ética y erótica (Herbert Marcuse), y el encuentro Yo-Tú (Martin Buber) como caminos hacia la autenticidad y la síntesis creadora.
El ser humano es,
por naturaleza, una entidad en diálogo constante.
La identidad no
se forja en el vacío, sino en la interacción continua con el otro y el entorno.
En este proceso
de moldeo mutuo, surgen dos fenómenos cruciales que definen la calidad de
nuestra contribución relacional: el mimetismo inconsciente y el crealogar
auténtico.
Si bien ambos
implican un acercamiento a la voz del otro, la diferencia fundamental radica en
la postura: la pasividad de la absorción frente a la conciencia de la creación.
El mimetismo
inconsciente es una fuerza silenciosa que nos conecta y nos adapta, pero
también nos desafía a distinguir entre lo que imitamos y lo que realmente
somos.
En estas líneas
tratamos de convertirlo en objeto de reflexión para abrir un camino hacia la
autenticidad y la presencia plena.
El mimetismo
puede entenderse, en efecto, como la versión pasiva y desdibujada del
crealogar, mientras que el auténtico crealogar exige una participación activa y
reflexiva del ser.
El mimetismo
inconsciente opera como una respuesta automática de supervivencia o pertenencia,
cuando la persona, sin intención consciente, absorbe y reproduce los patrones,
discursos o emociones del otro.
En este estado,
la identidad propia no se mantiene en diálogo, sino que se diluye, actuando
como un mero espejo o un eco.
Es una absorción
sin discernimiento, donde no existe la elección de qué tomar ni el proceso de
digestión y transformación. La voz interior se silencia para adoptar el tono
exterior, llevando a una pérdida de la autenticidad.
El resultado no
es la generación de algo nuevo, sino la simple amplificación de lo
preexistente; es un acto de replicación que frena el potencial creativo latente
en todo encuentro.
En contraste, el
crealogar auténtico es una manifestación de la creatividad en su forma
dialógica. Es un proceso activo y consciente: un encuentro donde cada parte
aporta su voz única y soberana, manteniéndola firme, pero abierta a la
influencia.
El crealogar
implica una elección deliberada sobre qué elementos del otro "me inspiran,
me movilizan" y cómo transformarlos para la creación compartida.
Esta postura
activa de resonancia evita la dilución del "yo" y fomenta la
síntesis, la fusión de las voces para generar una "tercera cosa" que
es intrínsecamente nueva y que no existiría sin el encuentro.
Crealogar como
Resonancia Existencial
Este acto de
crealogar trasciende el mero ámbito interpersonal para convertirse en un
diálogo con la existencia misma. En un mundo ensordecido por la velocidad y el
ruido, la invitación de Hartmut Rosa a la resonancia se vuelve fundamental.
Su concepto evoca
la posibilidad de que el mundo deje de ser un objeto mudo frente a nuestra
mirada utilitaria, convirtiéndose en una presencia viva capaz de
"hablarnos".
Pero escuchar al
mundo, como sugirió Adorno, implica aprender a escuchar al viento: ese susurro
que no pide ser descifrado, sino simplemente sentido; una melodía que nos
recuerda que no somos los dueños del cosmos, sino parte de él.
Crealogar es, por
tanto, abrirnos al mundo no para imponerle nuestra voluntad de dominio, sino
para recibir lo que tiene para ofrecernos, creando un conversatorio con
propósito creador.
Es una forma de
co-creación donde no hay dominador ni dominado, sino un intercambio constante
de significados.
Para que este
diálogo sea pleno, requiere la profundidad de lo poético.
Surge aquí el
Poetizar la vida: el arte de devolverle a cada momento su misterio, de permitir
que lo ordinario brille con la luz de lo extraordinario.
Es tomar la
resonancia de Hartmut Rosa y darle forma, color, y textura a través del acto
creativo.
La Postura
Ética y Erótica
Sin embargo, esta
apertura al mundo exige una renuncia radical: la renuncia a controlar.
Aquí, la visión
de Herbert Marcuse nos ofrece una alternativa: una relación erótica con el
mundo. No erótica en su sentido reducido, sino como una actitud de entrega, de
escucha profunda, de conexión plena.
En esta relación,
el mundo no es visto como un recurso para explotar o poseer, sino como un
compañero para descubrir y sentir.
Se trata de
habitar el mundo desde el deseo de crear, comprender, no de la necesidad de
dominar.
Este camino de
encuentro fue magistralmente trazado por Martin Buber al hablarnos de la
relación Yo-Tú, en oposición a la relación Yo-Eso.
Mientras que el
Yo-Eso reduce al otro (sea persona, paisaje o idea) a un objeto funcional, el
Yo-Tú propone un encuentro auténtico, donde el otro es visto y sentido en su
totalidad, sin filtros ni expectativas.
Esta relación
exige una actitud de apertura radical, un compromiso pleno con el momento
presente –un concepto tan vital para Thich Nhat Hanh–, ya que es en este
compromiso donde se disuelve el mimetismo.
Del Mimetismo
a la Síntesis Creadora
El puente entre
el mimetismo ineficaz y el crealogar transformador es precisamente la
presencia.
Cuando se
introduce la atención plena y la conciencia en la interacción, la absorción
automática se metamorfosea en una resonancia creativa.
Estar presente
implica ser consciente de las propias fronteras y de la intención. No se trata
de "copiar" al otro, sino de "dejarse afectar" por él.
Este matiz es
crucial: ser afectado significa permitir que la experiencia del otro resuene
con las propias vivencias, transformando el influjo externo en materia prima
para la propia expresión creativa.
El mimetismo es
reactivo; la resonancia y el crealogar son proactivos y transformadores, un
motor que convierte la similitud superficial en profunda sinergia.
En este tejido de
ideas –resonancia, crealogar, poetizar, escuchar al viento, vivir eróticamente
el mundo, encontrarse en el Yo-Tú– se gesta una forma de vida que desafía los
paradigmas de dominio y control.
El mimetismo
inconsciente nos condena a la repetición y al anonimato del grupo, mientras que
el crealogar activo y consciente nos eleva a la co-creación y a la expresión
plena de una identidad que es fuerte precisamente porque es capaz de influir y
dejarse influir sin desvanecerse.
Sabemos que es un
camino difícil, quizás porque requiere que renunciemos a tantas certezas
modernas pero es un camino necesario.
En nuestro
trabajo psicoterapéutico lo intentamos.
En cada acto de
escucha, en cada momento de encuentro, el paciente y nosotros redescubrimos lo
que significa, participar de un acto creativo, es abrir juntos un camino hacia
la autenticidad y la presencia plena, es simplemente estar vivos.
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