La Arquitectura del Ser como Parque Interior
Lic. Carlos Alberto Churba
La Arquitectura del Ser en diálogo creador con el Poema
"El Parque de los Laberintos" de mi autoría
I. Fundación
Todo ser humano es, antes que nada, un terreno.
No un edificio: un terreno. Con relieves, con pendientes,
con zonas de sombra y de sol, con napas subterráneas que a veces manan y a
veces se esconden.
Sobre ese terreno, cada quien levanta su Arquitectura del
Ser: no para clausurarse, sino para habitase con dignidad.
Pero hay una advertencia la obra no se termina nunca.
Una obra no se construye sólo de día. Se construye, sobre
todo, de noche.
II. El Portal
Nadie entra a su propio ser por la puerta principal.
Se entra por un portal de arcos ojivales, a cielo abierto,
bajo un cielo estrellado con lunas y relámpagos.
Se entra descalzo, con las manos vacías, con el asombro como
única herramienta.
En la entrada hay un cartel que dice:
Costo de acceso:
dejar los prejuicios afuera.
Horario: preferente
de noche.
Actitud requerida:
abierta.
El que quiere entrar con certezas, no entra. El que quiere
entrar con títulos, no entra. El que quiere entrar con el intelecto como
espada, se queda en el umbral.
La Arquitectura del Ser empieza cuando aceptamos que no
sabemos quiénes somos, y aun así nos animamos a recorrer.
III. Las Estancias
El parque interior tiene estancias que no figuran en ningún
plano tradicional:
La Pérgola de los Recuerdos, donde el pasado se
enreda en las glicinas y hay que podarlo para que no ahogue el presente.
El Túnel de las Voces, donde resuenan las palabras
que nos dijeron y las que nos dijimos, y donde aprendemos a distinguir cuáles
son ecos y cuáles son propias.
La Caverna del Duelo, oscura, húmeda, necesaria. No
se sale de ella por la puerta por la que se entró, sino por una grieta que se
abre cuando uno encuentra su propia forma de entrar en contacto con el dolor.
La Pirámide del Propósito, que no se sube para
dominar, sino para ver el conjunto.
La Cascada de la Alegría, que no se busca: se
encuentra cuando uno deja de buscarla.
Cada estancia es un cuarto del ser. Cada cuarto tiene su
función. Ninguno sobra. Ninguno se saltea.
IV. Los Toboganes
La Arquitectura del Ser no se recorre sólo con escaleras.
También tiene toboganes.
Hay toboganes con tangentes, para los que se defienden con
la razón y necesitan aprender que no todo se calcula.
Hay toboganes para adquirir coraje, porque hay verdades que
sólo se dicen cayendo.
Hay toboganes para entrenarse en caídas, porque el ser que
no sabe caer, tampoco sabe levantarse.
Hay toboganes de piedras blancas transparentes, donde se ve
el fondo y aun así se desliza.
Hay toboganes líquidos, con peces de colores y aguas
aromatizadas, porque también se crece en la belleza.
Subir
es aprender. Caer es aprender. Deslizarse es aprender.
V. El Laberinto
En el centro del parque hay un laberinto.
No es un castigo: es un método. No está para perdernos: está
para que encontremos lo que no sabíamos que buscábamos.
En el laberinto no hay mapa. Hay un hilo. Y el hilo no viene
de afuera: el hilo lo llevamos nosotros, aunque a veces lo olvidemos.
Se llama Ariadna, pero también se llama intuición,
memoria, amor, fe, deseo.
El laberinto no se resuelve: se atraviesa. Y al atravesarlo,
salimos distintos. Salimos con menos pesares. Salimos con más nombre.
VI. La Calesita
Hay una calesita en el parque interior. Gira.
Y en el girar, la rueda de la vida se hace visible: la
infancia, la adolescencia, la madurez, la vejez, y otra vez la infancia, porque
el ser es cíclico, no lineal.
La calesita no lleva a ningún lado. Eso es su enseñanza. Hay
momentos en que habitarse es quedarse girando, mirando el mismo paisaje desde
ángulos distintos, hasta que el paisaje se vuelve otro.
VII. Los Puentes
La Arquitectura del Ser no está hecha sólo de cuartos: está
hecha de puentes.
Puentes para unir los corazones enamorados. Puentes para
cruzar hacia el otro sin abandonarse. Puentes para volver a uno mismo después
de haber sido puente para alguien.
Un ser sin puentes es un ser amurallado. Y un ser amurallado
no es un ser: es una fortaleza vacía.
VIII. Los Objetos del Parque
En el parque hay objetos que no son adornos: son
herramientas del alma.
Mandalas para meditar, porque el ser también necesita
centros.
Burbujas para recordar lo etéreo, porque no todo es
sólido.
Globos para celebrar, porque habitarse también es
fiesta.
Arco iris para subir al cielo, porque hay días en que
la única salida es hacia arriba.
Lluvias de colores para festejar los sentidos, porque
el cuerpo también es arquitectura.
Música celta para el alma, porque hay verdades que
sólo se dicen bailando.
El juego
no es lo contrario de la sabiduría. Es su forma más antigua.
IX. Las Advertencias
Toda arquitectura tiene su reglamento. La del ser también:
Predominan la necesidad y los sentimientos. No se entra a
razonar: se entra a sentir.
Funciona preferentemente de noche. No se habita el ser en
pleno mediodía de la conciencia.
Se recomienda venir con actitud abierta. El que viene
cerrado, se cierra más.
El costo es dejar los prejuicios en la entrada. Ese es el
único precio. Y es el más caro.
Hay una guía para perplejos y seres confundidos. Nadie está
obligado a orientarse solo.
X. Cierre: la obra abierta
La Arquitectura del Ser no es un edificio terminado. Es un
parque en construcción permanente, donde cada noche se agrega una pérgola, se
repara un puente, se poda un recuerdo, se abre un tobogán nuevo.
No se trata de llegar a ser. Se trata de seguir siendo, con
los planos en una mano y el asombro en la otra.
Porque al final, la única arquitectura digna del ser humano
es la que se puede habitar jugando, la que se puede recorrer llorando, la que
se puede reconstruir amando.
El ser no se construye como un edificio terminado: se
cultiva, se recorre y se habita como un parque interior. Y ese parque nunca
deja de transformarse.
El ser no se
construye: se parquea.
Y el parque no
se termina: se habita.
Texto propio en diálogo creador con "El Parque de
los Laberintos" de Carlos Alberto Churba,
del libro Poetizar la Vida (Ediciones del Camino del Bajo,
Olivos, 2005).




